domingo, 27 de mayo de 2012

Polilla: Uno

Tenía la inspiración en la yema de los dedos. O tal vez haya sido el café. Aunque me quedo con lo primero; a las chicas les gustan los poetas.

Estábamos en su cama. Acabábamos de hacer el amor, aunque yo no la amaba. Me tomó mientras me vestía. Me susurró al oído que un policía estaba tras mis pasos. Y como yo no creo en la institucionalidad, ipso facto la policía chilena, ipso facto el policía que me buscaba, lo deconstruí teóricamente y se esfumó materialmente de este mundo.

(Aunque claro, la no-materia no puede esfumarse porque en el humo existe la…).

Yo le dije, haciendo gala de mi nueva mejor gracia, dari per asinum. Y partí.

Salí a caminar por Bellavista. Algunas veces, cuando no tengo nadie con quién pasar el rato (o mejor dicho, nadie con quien querer pasar el rato), me hundo en mí mismo, pero me hundo afuera de mí mismo. Esa noche elegí Bellavista, por un tema de proximidad espacial (espacial-temporal, ok) y por otro de estética. Me gusta hundirme en mares llenos de peces y sueño que soy uno de ellos, y soy consciente de ser pez. 

Como decía, andaba solo. No pensé en llamarla, no a ella, sino a la otra, porque no quería asfixiarla de mi amor. Digamos, no quería ahogarla con mis mares. No esa noche. Y digo que era noche porque el sol no me quemaba la piel, aunque me saludaba reflejándose en las piedras lunares que iluminaban las oscuras callecitas recoletianas por las que transitaba pensando en ella. Ella, digamos la otra, era hermosa, sobre todo cuando la recordaba.

Iba con los audífonos enchufados a mis venas, escuchando unos hip-hops que me hacían sentir como en el más atrapante de los videoclips, sobre todo porque tenía la capucha puesta y los ojos misteriosos. Caminaba seguro sobre mis pasos, sintiendo mi corazón retumbar al ritmo de esos bajos. La gente, con sus ojos brillantes por el alcohol que ya había llegado o que iba a llegar, me miraba pasar.

"Algo se refleja y no es tu sombra"

Doblé por Loreto. Un policía me tomó por la espalda.

miércoles, 16 de mayo de 2012

La Procesión de Rick Astley

Caminamos veinticinco kilómetros en medio de la nada, iluminados por la Luna más brillante del año. A eso de las cuatro de la madrugada, una versión criolla de un redneck aceptó llevarnos.

miércoles, 18 de abril de 2012

El fin del mundo [fragmento]

Oye, me dijo Ezurmendia que estabai de cumpleaños la próxima semana.
Sí, poh. El 3, el lunes.
Piola. ¿Cuántos cumpli?
Dieciséis.
Ah, eri chico todavía.
Sah.
Mala cuea igual.
¿Por qué?
Porque… ¿No hai leído las hueás de internet?
¿Cuáles?
Se acaba el mundo.
¿Cómo que se acaba el mundo?
Se acaba, poh. Es una hueá bíblica. Algo así. No sé. Lo dijo Salfate y se supone que es verdad.
¿Cómo? ¿En serio?
Sí, se acaba el mundo. ¿No cachabai?
No, nadie me dijo, qué onda.
Bueno, es que no se mandan invitaciones por correo pa’ la hueá. El mundo se acaba y se acaba nomás. No te va a andar avisando.
Ya, ya. Pero… ¿Y quién dijo?
Todos saben. Mi vieja está comprando caleta de bolsas de arroz y papas.
¿Pa’ qué?
Por si tenemos que hacer una especie de supervivencia post-apocalíptica.
¿Y por qué mierda sobrevivirían ustedes a un puto apocalipsis? No es por nada, pero tu mamá es una vieja chica que con cuea’ se puede las bolsas del súper. No la veo soportando un acabo de mundo.
Qué te pasa, hueón.
Nada, yo digo nomás.
Bueno, uno nunca sabe. En caso de que sobrevivamos, hay que estar preparados. Digo yo.
¿Y quién mierda declaró al guatón culiao de Salfate una autoridad en lo que a acabo de mundos se refiere?
No sé, la gente. La gente, sí.
Gente culiá. Ya, ¿y dónde planean hervir el agua pa’ cocinar el arroz?
¿Nosotros? …No sé. Es que no he hablado mucho con mi mamá del tema, siendo sincero. Le asusta caleta.
Ah, ¿y esto va en serio? Lo del acabo de mundo. Onda, en serio-en serio.
Sí, poh. Si es una hueá bíblica, se supone. No es nah talla la hueá.
Puta la hueá, hueón. Yo lo estaba pasando bien. No quiero morir todavía. ¿No se puede postergar unas semanitas? Digo yo…
Mira, no sé. No soy Dios. No puedo asegurarte que el mundo se vaya a acabar. Sólo puedo decirte… Entre paréntesis, me contaron que estabai andando con una mina.
¿Qué? Sí. La Consuelo. Una morenita, de ojoz verdes. ¿Qué tiene que ver? Estaba en tu colegio.
¿La hermana chica del Jose Leiva?
Eh, sí. Ella.
Es linda ella. Sí la cacho.
Sí.
¿Y?
¿Y qué?... No, no pasa nah todavía.
Ah.
Llevamos apenas unas semanas saliendo. Así que no he… ¡Puta la hueá!
¿Qué hueá?
Voy a morir virgen. Por la chucha. Voy a morir virgen.
Ah, ¿eri virgen?
Sí, poh. Por la mierda…
Qué lata.
Voy a morir vir… Puta la hueá.
Sï, hueón. Pero… no sé, no es pa’ tanto. No es tan espectacular como todos dicen.
Eso lo deci voh, que la teni chica.
Ya, relájate. Estaba tratando de consolarte. En verdad la hueá es bacán.
Cállate. Puta la hueá, por la mierda.
Sí, sí sé.
Puta la hueá.
Ya, relájate.
Puta, ¿y qué chucha hago?
No sé. Muévete por ahí.
Puta la hueá. ¿Cómo? ¿Cómo “por ahí”?
Con la hermana del Leiva.
Nah, no pasa. Es más cartucha…
Puta, es como la solución más fácil, pienso.
Mmm, puede ser. Puta, si la vida fuera una película gringa, te apuesto que mañana mismo empezaría una comiquísima aventura llena de percances e inesperadas peripecias por perder mi virginidad y, al final de la película, frustrado pero optimista, me daría cuenta que en verdad lo importante no es eso, sino… no sé, el amor o alguna hueá así.
Sí, pero esto no es ninguna película.
Supongo que no…
Aplícate entonces, poh.
¿Pero cómo?
Anda a la disco, no sé. Cómete una maraca. Yo cacho que igual todas van a estar implorando por pico si se acaba el mundo.
Legal.
Sí, la dura. Anda a una disco el viernes y te comi una maraca. ¿Cómo sabi si te salta la liebre?
Ya, la expresión culiá vieja.
Sí. Pero no deja de ser cierto.
Así que una maraca de disco…

¿Qué chucha te pasó? [fragmento]

-Se me derritió el cerebro y ahora está goteando nariz abajo.
-¿Qué chucha te pasó?
Gabriel estaba de pie, apoyado en el marco de la puerta del dormitorio de Fabián. En su mentón y en sus manos escurría una sustancia viscosa de un color rosa amarillento. Fabián dejó su libro aparte y se incorporó de su cama rápidamente.
-¿Qué chucha te pasó? –repitió, ahora más fuerte.
-Me quedé dormido con los audífonos puestos y ahora desperté y no sé, me estaba chorreando el cerebro.
Gabriel y Fabián habían vivido juntos por ya casi tres años y jamás habían vivido una situación similar. Habían escuchado de gente que sí las había vivido, amigos de sus amigos, esas cosas. Nada concreto. No pensaron hasta entonces que una situación así efectivamente podría ocurrirles.
Fabián corrió a la cocina a buscar un trapo y un puñado de servilletas.
-Toma. Póntelas ahí –movió sus manos en el aire, erráticamente-. Echa la cabeza para atrás y tápate la nariz.
Gabriel seguía ahí en el umbral del dormitorio. Sus rodillas tiritaban.
-Ya, relájate, no te va a pasar nada.
Parado, con la cabeza hacia atrás y servilletas cubriendo sus fosas nasales. Fabián no pudo evitar sonreírse cuando vio a su amigo, patéticamente enlodado por su propia materia gris, una ridícula víctima de aquella curiosa jugarreta del cuerpo humano.

Boshiro

Este es mi papá. Fue un marino de la Fuerza Marítima de Autodefensa Japonesa. Vino a Chile en septiembre de 1983 como tripulante del I-400 Zek, submarino en el que desempeñaría sus labores marciales. Conoció a mi mamá en Valparaíso esa primavera y tuvieron una relación de unas pocas semanas ese año. Al mes siguiente tuvo que embarcar de vuelta.
Yo nací nueve meses más tarde, en Santiago. No lo conocí más que por fotos. Mi mamá conserva algunas en un baulcito en el clóset, como esta, pero nunca conoció su apellido. Cuando le pregunto por él no me dice mucho, sino más bien me rehúye la mirada o cambia de tema.
Su nombre era Boshiro. En esta foto tenía 21 años.

martes, 17 de abril de 2012

Dos chicas poco cool [fragmento]

Javiera y Begoña eran, a todas luces, dos chicas poco cool. Así lo decían sus compañeras de clase y así se habían convencido ellas que eran, dos chicas poco cool.
Terminada la enseñanza media, las dos se habían convertido en una pareja estable y formal luego de casi dos años de besos secretos y culpables. Se querían como no habían querido a nadie antes y, si bien cada una era la primera experiencia homosexual de la otra (o al menos eso se decían cuando se acariciaban tendidas en la cama de Javiera, sus padres fuera de casa), las dos se sentían seguras de sí mismas y de su sexualidad, convencidas, orgullosas. Se sentían mujeres. Eso decían a sus amigos varones, casi todos estrictamente hetero-normativos, y por lo tanto incapaces de entender las maravillosas y laberínticas elucubraciones de la mente femenina.

sábado, 21 de enero de 2012

"The gift" [traducción]

Un cuento que escribió Lou Reed y que quería traducir hace tiempo. Disponible en el White Light/White Heat con Velvet Underground. Y dice así:

Waldo Jeffers había alcanzado su límite. Era mediados de agosto, lo que significaba que se había separado de Marsha hace más de dos meses ya. Dos meses y lo único que podía lucir eran tres cartas y dos costosas llamadas de larga distancia. Cierto, cuando el colegio acabó y ella volvió a Wisconsin y él a Locust, Pennsylvania, habían prometido concederse cierta fidelidad. Ella saldría de citas a veces, pero como una mera distracción. Se mantendría fiel.
Pero últimamente Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas para conciliar sueño y, cuando lo lograba, tenía horribles pesadillas. Se quedaba despierto de noche, gimiendo y sacudiéndose bajo su colcha; lágrimas cayendo de sus ojos mientras imaginaba a Marsha y sus votos de fidelidad sobreseídos por el alcohol y el suave jadeo de algún neandertal, rindiéndose finalmente a las caricias del abandono sexual. Era más de lo que una mente humana podía soportar. Imágenes de la infidelidad de Marsha lo acosaban. Pensamientos diurnos sobre su abandono sexual permeaban su mente. Y el asunto era que nadie entendería cómo se sentía Marsha. Sólo Waldo podía entenderlo. Había escarbado en cada rincón y hendidura de su mente. Él la hacía sonreír. Y ella lo necesitaba, pero él no estaba ahí.
La idea vino el jueves antes que el Desfile de los Mummers fuera agendada. Había recién acabado de podar el césped de los Edelsons por un dólar con cincuenta y fue a revisar su buzón para ver si había algo de Marsha. No había más que una circular de la Compañía de Aluminio Forjado de Estados Unidos, inquiriendo sobre sus propios intereses. Al menos ellos se dignaban a escribirle. Era una compañía neoyorkina. “Puedes llegar a cualquier lugar con el correo”. Entonces se le ocurrió. Cierto, no tenía dinero suficiente para ir a Wisconsin en la manera convencional, ¿pero por qué no enviarse por correo? Era absurdamente sencillo. Se enviaría por correo como entrega especial.
Al día siguiente Waldo fue al supermercado a conseguir todo el equipamiento necesario. Compró masking tape, una corchetera y una caja mediana precisa para alguien de su contextura, juzgando con un mínimo de esfuerzo como para viajar relativamente cómodo. Un par de agujeros para respirar, un poco de agua, tal vez algunos tentempiés de medianoche, y probablemente viajaría tan cómodo como en Clase Turista.
La tarde del viernes Waldo ya estaba listo. Se había embalado a sí mismo y el empleado de correos había quedado de recogerlo a las tres en punto. Rotuló el paquete como “Frágil” y se acurrucó dentro de la caja, descansando en un cojín de espuma que había considerado muy prudentemente. Trató de imaginar el rostro de Marsha mientras abría la puerta, veía el paquete, le daba su propina al repartidor y luego abría la caja para ver finalmente a Waldo ahí mismo en persona. Se besarían y tal vez luego podrían ver una película. Si sólo se le hubiera ocurrido antes. De pronto, un par de manos toscas tomaron el paquete. Cayó con un ruido sordo en un camión y partió.

Marsha Bronson recién terminaba de arreglarse el cabello. Había sido un fin de semana duro. No recordaba haber bebido tanto. Bill había sido amable al respecto, sin embargo. Después que todo hubo terminado le dijo que aún la respetaba y que, después de todo, era naturalmente lo esperable de las cosas, y si bien no la amaba, sí sentía un afecto especial por ella. Pero que después de todo eran adultos racionales. Oh, Bill podría enseñarle a Waldo. Pero eso parece de hace muchos años atrás.
Sheila Klein, su mejor e íntima amiga, atravesó la puerta mosquitera y entró a la cocina. “Conchesumadre, qué cursi está afuera“. “Te creo. Me siento mamona”. Marsha apretó el cinturón de seda de su vestón de algodón. Sheila deslizó sus dedos sobre algunos granos de sal sobre la mesa, lamió su dedo e hizo una mueca. “Se supone que tengo que tomar estas píldoras de sal, pero –frunció su nariz- me dan ganas de vomitar”. Marsha empezó a acariciarse bajo la barbilla, un ejercicio que había visto en televisión. “Ni me habli de eso”. Se incorporó y fue hasta el fregadero, donde recogió una botellita con vitaminas rosadas y azules. “¿Queri una? Se supone que son más ricas que un bistec”, y luego trató de tocar sus rodillas. “No pienso volver a tocar un daiquiri por el resto de mi vida”. Se rindió y volvió a sentarse, esta vez más próxima a la mesita del teléfono. “En volá Bill llama”, dijo a Sheila. Ésta se mordisqueó una cutícula. “Después de anoche, pensé que ibai a haber terminado con él”. “Sí, sí sé a lo que te referi. Hueón, era como un gato de espaldas, defendiéndose con uñas y dientes”. Hizo el gesto, levantando sus brazos en señal de defensa. “La hueá es que, después de un rato, una se aburre de pelear con él. Y después de todo, no hice nada ni el viernes ni el sábado, así que como que le debía una. Tú cachai”. Empezó a rascarse. Sheila río, cubriéndose la boca con su mano. “Cacha que a mí me pasó algo parecido, y después de un rato –entonces se inclinó hacia adelante y dijo en un murmuro- como que quería”, y ahora reía escandalosamente.
Fue en ese momento que el señor Jameson de la Oficina Postal Clarence Darrow tocó el timbre. Cuando Marsha Bronson abrió la puerta, éste la ayudó a cargar el paquete. Hizo firmar sus papeles amarillo y verde y se fue con la propina de quince centavos que Marsha le había robado a su madre de su monedero beige. “¿Qué crei que sea?”, preguntó Sheila. Marsha permaneció con los brazos flectados tras su espalda y miró la caja de cartón café que yacía en el medio de su living. “Ni idea”.
Dentro de ella, Waldo temblaba de expectación al escuchar las voces sordas. Sheila deslizó su uña sobre el masking tape que recorría el medio de la caja. “¿Por qué no te fijai en el remitente y vei de quién es?”. Waldo sentía su corazón palpitando. Podía sentir los pasos vibrar. Sería pronto…
Marsha caminó alrededor de la caja y leyó su rótulo. “¡Hueón, es de Waldo!”. “Ese tarado…”, replicó Sheila. Waldo tiritó de nervios. “Bueno, igual deberiai abrirlo”, dijo Sheila y ambas intentaron abrir la tapa. “Aaaah”, gimió Marsha, “debe haberla engrapado”. Volvieron a tironear de la tapa. “¡Conchesumadre, se necesita un taladro pa’ abrir esta hueá!”. Volvieron a tirar. “No se puede abrir ni un poco”. Ambas permanecieron de pie, exhalando fuertemente. “¿Por qué no consegui unas tijeras?”, dijo Sheila. Marsha corrió hacia la cocina, pero lo único que encontró fueron un par de tijeras de bordado. Entonces recordó que su padre conservaba una colección de herramientas en el sótano. Bajó al sótano y cuando volvió, llevaba en sus manos un serrucho. “Es lo mejor que encontré”, dijo sin aliento. “Toma. Ábrelo tú. Yo me voy a morir”, y se hundió en un sillón mullido, exhalando ruidosamente. Sheila trató de hacer un espacio entre el masking tape y el cartón de la tapa, pero la hoja del serrucho era demasiado ancha y no cabía. “¡Por la chucha, esta hueá!”, dijo exasperada. Y luego sonriendo, “tengo una idea”. “¿Qué cosa?”, dijo Marsha. “Tú mira”, dijo Sheila, tocándose la frente con un dedo.
Dentro de la caja, Waldo estaba tan asfixiado por la excitación que difícilmente podía respirar. Su piel se sentía sensible por el calor y podía sentir su corazón palpitando en su garganta. Sería pronto. Sheila se paró y caminó alrededor de la caja. Luego se puso en cuclillas, sosteniendo el serrucho, inspiró profundamente y sumergió la hoja a través del paquete, a través del masking tape, a través del cartón, a través de la espuma y justo a través de la cabeza de Waldo Jeffers, que se partió ligeramente e hizo brotar suave y rítmicamente pequeños arcos rojos al sol de la mañana.

martes, 25 de octubre de 2011

Ojos dormidos

Ojos dormidos
Mientras tú flotas río abajo
Yo te dibujo con mis dedos

Caminando de puntillas
Perdida entre espejos
No te alejes tanto
Así te absorban los reflejos
Que la cuerda que te abraza a mí
Empieza a cortarse

Ojos dormidos
No te alejes tanto

Espejos rotos

Como pétalos que revientan
Girando en una licuadora
Sensaciones desgarradoras
Espirales que escupe mi voz

Veo dentro de espejos rotos
Por el peso de los relojes
Explosiones que demoran años
Hasta hacerse agua

Tengo un cuerpo perfecto
Para escindir el aire raso

Y vuelo con mi caparazón
Hecho trizas por el viaje
Como hojas de árboles
Planeando su efímera vida
De ahí a la caída
Y que van cantando

Planetas

Somos como dos planetas que giran alrededor de un mismo sol, pero con traslaciones disímiles. Y a veces, en un milagro cósmico, nuestras primaveras se conjugan.