Tenía la inspiración en la yema de los dedos. O tal vez haya sido el café. Aunque me quedo con lo primero; a las chicas les gustan los poetas.
Estábamos en su cama. Acabábamos de hacer el amor, aunque yo no la amaba. Me tomó mientras me vestía. Me susurró al oído que un policía estaba tras mis pasos. Y como yo no creo en la institucionalidad, ipso facto la policía chilena, ipso facto el policía que me buscaba, lo deconstruí teóricamente y se esfumó materialmente de este mundo.
(Aunque claro, la no-materia no puede esfumarse porque en el humo existe la…).
Yo le dije, haciendo gala de mi nueva mejor gracia, dari per asinum. Y partí.
Salí a caminar por Bellavista. Algunas veces, cuando no tengo nadie con quién pasar el rato (o mejor dicho, nadie con quien querer pasar el rato), me hundo en mí mismo, pero me hundo afuera de mí mismo. Esa noche elegí Bellavista, por un tema de proximidad espacial (espacial-temporal, ok) y por otro de estética. Me gusta hundirme en mares llenos de peces y sueño que soy uno de ellos, y soy consciente de ser pez.
Como decía, andaba solo. No pensé en llamarla, no a ella, sino a la otra, porque no quería asfixiarla de mi amor. Digamos, no quería ahogarla con mis mares. No esa noche. Y digo que era noche porque el sol no me quemaba la piel, aunque me saludaba reflejándose en las piedras lunares que iluminaban las oscuras callecitas recoletianas por las que transitaba pensando en ella. Ella, digamos la otra, era hermosa, sobre todo cuando la recordaba.
Iba con los audífonos enchufados a mis venas, escuchando unos hip-hops que me hacían sentir como en el más atrapante de los videoclips, sobre todo porque tenía la capucha puesta y los ojos misteriosos. Caminaba seguro sobre mis pasos, sintiendo mi corazón retumbar al ritmo de esos bajos. La gente, con sus ojos brillantes por el alcohol que ya había llegado o que iba a llegar, me miraba pasar.
"Algo se refleja y no es tu sombra"
Doblé por Loreto. Un policía me tomó por la espalda.
domingo, 27 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
La Procesión de Rick Astley
Caminamos veinticinco kilómetros en medio de la nada, iluminados por la Luna más brillante del año. A eso de las cuatro de la madrugada, una versión criolla de un redneck aceptó llevarnos.
miércoles, 18 de abril de 2012
Boshiro
Este es mi papá. Fue un marino de la Fuerza Marítima de Autodefensa Japonesa. Vino a Chile en septiembre de 1983 como tripulante del I-400 Zek, submarino en el que desempeñaría sus labores marciales. Conoció a mi mamá en Valparaíso esa primavera y tuvieron una relación de unas pocas semanas ese año. Al mes siguiente tuvo que embarcar de vuelta.
Yo nací nueve meses más tarde, en Santiago. No lo conocí más que por fotos. Mi mamá conserva algunas en un baulcito en el clóset, como esta, pero nunca conoció su apellido. Cuando le pregunto por él no me dice mucho, sino más bien me rehúye la mirada o cambia de tema.
Su nombre era Boshiro. En esta foto tenía 21 años.
Yo nací nueve meses más tarde, en Santiago. No lo conocí más que por fotos. Mi mamá conserva algunas en un baulcito en el clóset, como esta, pero nunca conoció su apellido. Cuando le pregunto por él no me dice mucho, sino más bien me rehúye la mirada o cambia de tema.
Su nombre era Boshiro. En esta foto tenía 21 años.
sábado, 21 de enero de 2012
"The gift" [traducción]
Un cuento que escribió Lou Reed y que quería traducir hace tiempo. Disponible en el White Light/White Heat con Velvet Underground. Y dice así:
Waldo Jeffers había alcanzado su límite. Era mediados de agosto, lo que significaba que se había separado de Marsha hace más de dos meses ya. Dos meses y lo único que podía lucir eran tres cartas y dos costosas llamadas de larga distancia. Cierto, cuando el colegio acabó y ella volvió a Wisconsin y él a Locust, Pennsylvania, habían prometido concederse cierta fidelidad. Ella saldría de citas a veces, pero como una mera distracción. Se mantendría fiel.
Pero últimamente Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas para conciliar sueño y, cuando lo lograba, tenía horribles pesadillas. Se quedaba despierto de noche, gimiendo y sacudiéndose bajo su colcha; lágrimas cayendo de sus ojos mientras imaginaba a Marsha y sus votos de fidelidad sobreseídos por el alcohol y el suave jadeo de algún neandertal, rindiéndose finalmente a las caricias del abandono sexual. Era más de lo que una mente humana podía soportar. Imágenes de la infidelidad de Marsha lo acosaban. Pensamientos diurnos sobre su abandono sexual permeaban su mente. Y el asunto era que nadie entendería cómo se sentía Marsha. Sólo Waldo podía entenderlo. Había escarbado en cada rincón y hendidura de su mente. Él la hacía sonreír. Y ella lo necesitaba, pero él no estaba ahí.
La idea vino el jueves antes que el Desfile de los Mummers fuera agendada. Había recién acabado de podar el césped de los Edelsons por un dólar con cincuenta y fue a revisar su buzón para ver si había algo de Marsha. No había más que una circular de la Compañía de Aluminio Forjado de Estados Unidos, inquiriendo sobre sus propios intereses. Al menos ellos se dignaban a escribirle. Era una compañía neoyorkina. “Puedes llegar a cualquier lugar con el correo”. Entonces se le ocurrió. Cierto, no tenía dinero suficiente para ir a Wisconsin en la manera convencional, ¿pero por qué no enviarse por correo? Era absurdamente sencillo. Se enviaría por correo como entrega especial.
Al día siguiente Waldo fue al supermercado a conseguir todo el equipamiento necesario. Compró masking tape, una corchetera y una caja mediana precisa para alguien de su contextura, juzgando con un mínimo de esfuerzo como para viajar relativamente cómodo. Un par de agujeros para respirar, un poco de agua, tal vez algunos tentempiés de medianoche, y probablemente viajaría tan cómodo como en Clase Turista.
La tarde del viernes Waldo ya estaba listo. Se había embalado a sí mismo y el empleado de correos había quedado de recogerlo a las tres en punto. Rotuló el paquete como “Frágil” y se acurrucó dentro de la caja, descansando en un cojín de espuma que había considerado muy prudentemente. Trató de imaginar el rostro de Marsha mientras abría la puerta, veía el paquete, le daba su propina al repartidor y luego abría la caja para ver finalmente a Waldo ahí mismo en persona. Se besarían y tal vez luego podrían ver una película. Si sólo se le hubiera ocurrido antes. De pronto, un par de manos toscas tomaron el paquete. Cayó con un ruido sordo en un camión y partió.
Marsha Bronson recién terminaba de arreglarse el cabello. Había sido un fin de semana duro. No recordaba haber bebido tanto. Bill había sido amable al respecto, sin embargo. Después que todo hubo terminado le dijo que aún la respetaba y que, después de todo, era naturalmente lo esperable de las cosas, y si bien no la amaba, sí sentía un afecto especial por ella. Pero que después de todo eran adultos racionales. Oh, Bill podría enseñarle a Waldo. Pero eso parece de hace muchos años atrás.
Sheila Klein, su mejor e íntima amiga, atravesó la puerta mosquitera y entró a la cocina. “Conchesumadre, qué cursi está afuera“. “Te creo. Me siento mamona”. Marsha apretó el cinturón de seda de su vestón de algodón. Sheila deslizó sus dedos sobre algunos granos de sal sobre la mesa, lamió su dedo e hizo una mueca. “Se supone que tengo que tomar estas píldoras de sal, pero –frunció su nariz- me dan ganas de vomitar”. Marsha empezó a acariciarse bajo la barbilla, un ejercicio que había visto en televisión. “Ni me habli de eso”. Se incorporó y fue hasta el fregadero, donde recogió una botellita con vitaminas rosadas y azules. “¿Queri una? Se supone que son más ricas que un bistec”, y luego trató de tocar sus rodillas. “No pienso volver a tocar un daiquiri por el resto de mi vida”. Se rindió y volvió a sentarse, esta vez más próxima a la mesita del teléfono. “En volá Bill llama”, dijo a Sheila. Ésta se mordisqueó una cutícula. “Después de anoche, pensé que ibai a haber terminado con él”. “Sí, sí sé a lo que te referi. Hueón, era como un gato de espaldas, defendiéndose con uñas y dientes”. Hizo el gesto, levantando sus brazos en señal de defensa. “La hueá es que, después de un rato, una se aburre de pelear con él. Y después de todo, no hice nada ni el viernes ni el sábado, así que como que le debía una. Tú cachai”. Empezó a rascarse. Sheila río, cubriéndose la boca con su mano. “Cacha que a mí me pasó algo parecido, y después de un rato –entonces se inclinó hacia adelante y dijo en un murmuro- como que quería”, y ahora reía escandalosamente.
Fue en ese momento que el señor Jameson de la Oficina Postal Clarence Darrow tocó el timbre. Cuando Marsha Bronson abrió la puerta, éste la ayudó a cargar el paquete. Hizo firmar sus papeles amarillo y verde y se fue con la propina de quince centavos que Marsha le había robado a su madre de su monedero beige. “¿Qué crei que sea?”, preguntó Sheila. Marsha permaneció con los brazos flectados tras su espalda y miró la caja de cartón café que yacía en el medio de su living. “Ni idea”.
Dentro de ella, Waldo temblaba de expectación al escuchar las voces sordas. Sheila deslizó su uña sobre el masking tape que recorría el medio de la caja. “¿Por qué no te fijai en el remitente y vei de quién es?”. Waldo sentía su corazón palpitando. Podía sentir los pasos vibrar. Sería pronto…
Marsha caminó alrededor de la caja y leyó su rótulo. “¡Hueón, es de Waldo!”. “Ese tarado…”, replicó Sheila. Waldo tiritó de nervios. “Bueno, igual deberiai abrirlo”, dijo Sheila y ambas intentaron abrir la tapa. “Aaaah”, gimió Marsha, “debe haberla engrapado”. Volvieron a tironear de la tapa. “¡Conchesumadre, se necesita un taladro pa’ abrir esta hueá!”. Volvieron a tirar. “No se puede abrir ni un poco”. Ambas permanecieron de pie, exhalando fuertemente. “¿Por qué no consegui unas tijeras?”, dijo Sheila. Marsha corrió hacia la cocina, pero lo único que encontró fueron un par de tijeras de bordado. Entonces recordó que su padre conservaba una colección de herramientas en el sótano. Bajó al sótano y cuando volvió, llevaba en sus manos un serrucho. “Es lo mejor que encontré”, dijo sin aliento. “Toma. Ábrelo tú. Yo me voy a morir”, y se hundió en un sillón mullido, exhalando ruidosamente. Sheila trató de hacer un espacio entre el masking tape y el cartón de la tapa, pero la hoja del serrucho era demasiado ancha y no cabía. “¡Por la chucha, esta hueá!”, dijo exasperada. Y luego sonriendo, “tengo una idea”. “¿Qué cosa?”, dijo Marsha. “Tú mira”, dijo Sheila, tocándose la frente con un dedo.
Dentro de la caja, Waldo estaba tan asfixiado por la excitación que difícilmente podía respirar. Su piel se sentía sensible por el calor y podía sentir su corazón palpitando en su garganta. Sería pronto. Sheila se paró y caminó alrededor de la caja. Luego se puso en cuclillas, sosteniendo el serrucho, inspiró profundamente y sumergió la hoja a través del paquete, a través del masking tape, a través del cartón, a través de la espuma y justo a través de la cabeza de Waldo Jeffers, que se partió ligeramente e hizo brotar suave y rítmicamente pequeños arcos rojos al sol de la mañana.
Waldo Jeffers había alcanzado su límite. Era mediados de agosto, lo que significaba que se había separado de Marsha hace más de dos meses ya. Dos meses y lo único que podía lucir eran tres cartas y dos costosas llamadas de larga distancia. Cierto, cuando el colegio acabó y ella volvió a Wisconsin y él a Locust, Pennsylvania, habían prometido concederse cierta fidelidad. Ella saldría de citas a veces, pero como una mera distracción. Se mantendría fiel.
Pero últimamente Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas para conciliar sueño y, cuando lo lograba, tenía horribles pesadillas. Se quedaba despierto de noche, gimiendo y sacudiéndose bajo su colcha; lágrimas cayendo de sus ojos mientras imaginaba a Marsha y sus votos de fidelidad sobreseídos por el alcohol y el suave jadeo de algún neandertal, rindiéndose finalmente a las caricias del abandono sexual. Era más de lo que una mente humana podía soportar. Imágenes de la infidelidad de Marsha lo acosaban. Pensamientos diurnos sobre su abandono sexual permeaban su mente. Y el asunto era que nadie entendería cómo se sentía Marsha. Sólo Waldo podía entenderlo. Había escarbado en cada rincón y hendidura de su mente. Él la hacía sonreír. Y ella lo necesitaba, pero él no estaba ahí.
La idea vino el jueves antes que el Desfile de los Mummers fuera agendada. Había recién acabado de podar el césped de los Edelsons por un dólar con cincuenta y fue a revisar su buzón para ver si había algo de Marsha. No había más que una circular de la Compañía de Aluminio Forjado de Estados Unidos, inquiriendo sobre sus propios intereses. Al menos ellos se dignaban a escribirle. Era una compañía neoyorkina. “Puedes llegar a cualquier lugar con el correo”. Entonces se le ocurrió. Cierto, no tenía dinero suficiente para ir a Wisconsin en la manera convencional, ¿pero por qué no enviarse por correo? Era absurdamente sencillo. Se enviaría por correo como entrega especial.
Al día siguiente Waldo fue al supermercado a conseguir todo el equipamiento necesario. Compró masking tape, una corchetera y una caja mediana precisa para alguien de su contextura, juzgando con un mínimo de esfuerzo como para viajar relativamente cómodo. Un par de agujeros para respirar, un poco de agua, tal vez algunos tentempiés de medianoche, y probablemente viajaría tan cómodo como en Clase Turista.
La tarde del viernes Waldo ya estaba listo. Se había embalado a sí mismo y el empleado de correos había quedado de recogerlo a las tres en punto. Rotuló el paquete como “Frágil” y se acurrucó dentro de la caja, descansando en un cojín de espuma que había considerado muy prudentemente. Trató de imaginar el rostro de Marsha mientras abría la puerta, veía el paquete, le daba su propina al repartidor y luego abría la caja para ver finalmente a Waldo ahí mismo en persona. Se besarían y tal vez luego podrían ver una película. Si sólo se le hubiera ocurrido antes. De pronto, un par de manos toscas tomaron el paquete. Cayó con un ruido sordo en un camión y partió.
Marsha Bronson recién terminaba de arreglarse el cabello. Había sido un fin de semana duro. No recordaba haber bebido tanto. Bill había sido amable al respecto, sin embargo. Después que todo hubo terminado le dijo que aún la respetaba y que, después de todo, era naturalmente lo esperable de las cosas, y si bien no la amaba, sí sentía un afecto especial por ella. Pero que después de todo eran adultos racionales. Oh, Bill podría enseñarle a Waldo. Pero eso parece de hace muchos años atrás.
Sheila Klein, su mejor e íntima amiga, atravesó la puerta mosquitera y entró a la cocina. “Conchesumadre, qué cursi está afuera“. “Te creo. Me siento mamona”. Marsha apretó el cinturón de seda de su vestón de algodón. Sheila deslizó sus dedos sobre algunos granos de sal sobre la mesa, lamió su dedo e hizo una mueca. “Se supone que tengo que tomar estas píldoras de sal, pero –frunció su nariz- me dan ganas de vomitar”. Marsha empezó a acariciarse bajo la barbilla, un ejercicio que había visto en televisión. “Ni me habli de eso”. Se incorporó y fue hasta el fregadero, donde recogió una botellita con vitaminas rosadas y azules. “¿Queri una? Se supone que son más ricas que un bistec”, y luego trató de tocar sus rodillas. “No pienso volver a tocar un daiquiri por el resto de mi vida”. Se rindió y volvió a sentarse, esta vez más próxima a la mesita del teléfono. “En volá Bill llama”, dijo a Sheila. Ésta se mordisqueó una cutícula. “Después de anoche, pensé que ibai a haber terminado con él”. “Sí, sí sé a lo que te referi. Hueón, era como un gato de espaldas, defendiéndose con uñas y dientes”. Hizo el gesto, levantando sus brazos en señal de defensa. “La hueá es que, después de un rato, una se aburre de pelear con él. Y después de todo, no hice nada ni el viernes ni el sábado, así que como que le debía una. Tú cachai”. Empezó a rascarse. Sheila río, cubriéndose la boca con su mano. “Cacha que a mí me pasó algo parecido, y después de un rato –entonces se inclinó hacia adelante y dijo en un murmuro- como que quería”, y ahora reía escandalosamente.
Fue en ese momento que el señor Jameson de la Oficina Postal Clarence Darrow tocó el timbre. Cuando Marsha Bronson abrió la puerta, éste la ayudó a cargar el paquete. Hizo firmar sus papeles amarillo y verde y se fue con la propina de quince centavos que Marsha le había robado a su madre de su monedero beige. “¿Qué crei que sea?”, preguntó Sheila. Marsha permaneció con los brazos flectados tras su espalda y miró la caja de cartón café que yacía en el medio de su living. “Ni idea”.
Dentro de ella, Waldo temblaba de expectación al escuchar las voces sordas. Sheila deslizó su uña sobre el masking tape que recorría el medio de la caja. “¿Por qué no te fijai en el remitente y vei de quién es?”. Waldo sentía su corazón palpitando. Podía sentir los pasos vibrar. Sería pronto…
Marsha caminó alrededor de la caja y leyó su rótulo. “¡Hueón, es de Waldo!”. “Ese tarado…”, replicó Sheila. Waldo tiritó de nervios. “Bueno, igual deberiai abrirlo”, dijo Sheila y ambas intentaron abrir la tapa. “Aaaah”, gimió Marsha, “debe haberla engrapado”. Volvieron a tironear de la tapa. “¡Conchesumadre, se necesita un taladro pa’ abrir esta hueá!”. Volvieron a tirar. “No se puede abrir ni un poco”. Ambas permanecieron de pie, exhalando fuertemente. “¿Por qué no consegui unas tijeras?”, dijo Sheila. Marsha corrió hacia la cocina, pero lo único que encontró fueron un par de tijeras de bordado. Entonces recordó que su padre conservaba una colección de herramientas en el sótano. Bajó al sótano y cuando volvió, llevaba en sus manos un serrucho. “Es lo mejor que encontré”, dijo sin aliento. “Toma. Ábrelo tú. Yo me voy a morir”, y se hundió en un sillón mullido, exhalando ruidosamente. Sheila trató de hacer un espacio entre el masking tape y el cartón de la tapa, pero la hoja del serrucho era demasiado ancha y no cabía. “¡Por la chucha, esta hueá!”, dijo exasperada. Y luego sonriendo, “tengo una idea”. “¿Qué cosa?”, dijo Marsha. “Tú mira”, dijo Sheila, tocándose la frente con un dedo.
Dentro de la caja, Waldo estaba tan asfixiado por la excitación que difícilmente podía respirar. Su piel se sentía sensible por el calor y podía sentir su corazón palpitando en su garganta. Sería pronto. Sheila se paró y caminó alrededor de la caja. Luego se puso en cuclillas, sosteniendo el serrucho, inspiró profundamente y sumergió la hoja a través del paquete, a través del masking tape, a través del cartón, a través de la espuma y justo a través de la cabeza de Waldo Jeffers, que se partió ligeramente e hizo brotar suave y rítmicamente pequeños arcos rojos al sol de la mañana.
martes, 25 de octubre de 2011
Espejos rotos
Como pétalos que revientan
Girando en una licuadora
Sensaciones desgarradoras
Espirales que escupe mi voz
Veo dentro de espejos rotos
Por el peso de los relojes
Explosiones que demoran años
Hasta hacerse agua
Tengo un cuerpo perfecto
Para escindir el aire raso
Y vuelo con mi caparazón
Hecho trizas por el viaje
Como hojas de árboles
Planeando su efímera vida
De ahí a la caída
Y que van cantando
Girando en una licuadora
Sensaciones desgarradoras
Espirales que escupe mi voz
Veo dentro de espejos rotos
Por el peso de los relojes
Explosiones que demoran años
Hasta hacerse agua
Tengo un cuerpo perfecto
Para escindir el aire raso
Y vuelo con mi caparazón
Hecho trizas por el viaje
Como hojas de árboles
Planeando su efímera vida
De ahí a la caída
Y que van cantando
lunes, 2 de mayo de 2011
Peces de noche
Como peces de noche
¿Te acuerdas cuando nos sumergimos
En ese mar diminuto?
Yo me acuerdo de tu cara
Al verme hender el agua
Los árboles respirando encima
Y yo, como contento
Recuerdo el sonido
De mis brazos al estrellarse
Contra el cielo líquido hecho noche
Bañarnos juntos
El silencio de dos mundos
Bañarnos más bien solos
Dos peces confusos
Dos personas que nadan juntas
Son sólo dos personas
Que no logran empaparse uno de otro
Bucear hacia mi núcleo
Es perderse en lo hondo
De un cosmos enano
Que se expande hacia dentro
Nadar solos, uno y otro
En medio de la noche
Más bien delata
Que somos dos peces contritos
¿Te acuerdas cuando nos sumergimos
En ese mar diminuto?
Yo me acuerdo de tu cara
Al verme hender el agua
Los árboles respirando encima
Y yo, como contento
Recuerdo el sonido
De mis brazos al estrellarse
Contra el cielo líquido hecho noche
Bañarnos juntos
El silencio de dos mundos
Bañarnos más bien solos
Dos peces confusos
Dos personas que nadan juntas
Son sólo dos personas
Que no logran empaparse uno de otro
Bucear hacia mi núcleo
Es perderse en lo hondo
De un cosmos enano
Que se expande hacia dentro
Nadar solos, uno y otro
En medio de la noche
Más bien delata
Que somos dos peces contritos
Venas
Yo canto desde ríos hondos
Que gritan cual hojarasca
Y se estremecen por el tiempo
Piensan en la muerte
Como una virtud fugaz que se escapa
Como una idea tenue
Que me enfrenta mientras duermo
Me ataca en mis propios castillos
Soy rehén de mis propios sueños
Hologramas que se superponen
Con voz de madera saco
Las sombras que enturbian mis venas
Mis brazos empujan palas de oro
Que cavan mi propia tumba apócrifa
Soy rehén de una vida espuria
Y clamo clemencia a la vida
Y a la muerte
Que gritan cual hojarasca
Y se estremecen por el tiempo
Piensan en la muerte
Como una virtud fugaz que se escapa
Como una idea tenue
Que me enfrenta mientras duermo
Me ataca en mis propios castillos
Soy rehén de mis propios sueños
Hologramas que se superponen
Con voz de madera saco
Las sombras que enturbian mis venas
Mis brazos empujan palas de oro
Que cavan mi propia tumba apócrifa
Soy rehén de una vida espuria
Y clamo clemencia a la vida
Y a la muerte
jueves, 30 de diciembre de 2010
Árboles Neón
Los cantos internos de una tumba de hilo
Mis venas me irrigan vida y tus ojos, sueños de días y días
Porque sueño de día contigo, y sueño de noche contigo
A ti quiero decirte que quiero dormir abrazado contigo
Pero no me alcanza el aire para decírtelo, amor
Ni repetirte vámonos de este mundo hoy, tú y yo
¡Vámonos!
Llevarte en canoa a recorrer la galaxia
Y despertar bajo una misma sábana de estrellas
Fluir por los ríos que lleve nuestra saliva
Que la absorba la tierra, nazcan flores
La penumbra sea luz en los cuerpos
Y nos succione el cosmos, mis brazos
Como si mis dedos te pintasen desnuda
Nos recoja nuestra palabra en el tiempo
En sonoro silencio como dos astros
Y nos bañe la oscuridad del infinito, tú y yo
Quiero morir contigo hoy en un suspiro
Y enroscarme a ti como girasol
Me mantenga junto a ti esta primavera
Y seamos por siempre árboles neón
Mis venas me irrigan vida y tus ojos, sueños de días y días
Porque sueño de día contigo, y sueño de noche contigo
A ti quiero decirte que quiero dormir abrazado contigo
Pero no me alcanza el aire para decírtelo, amor
Ni repetirte vámonos de este mundo hoy, tú y yo
¡Vámonos!
Llevarte en canoa a recorrer la galaxia
Y despertar bajo una misma sábana de estrellas
Fluir por los ríos que lleve nuestra saliva
Que la absorba la tierra, nazcan flores
La penumbra sea luz en los cuerpos
Y nos succione el cosmos, mis brazos
Como si mis dedos te pintasen desnuda
Nos recoja nuestra palabra en el tiempo
En sonoro silencio como dos astros
Y nos bañe la oscuridad del infinito, tú y yo
Quiero morir contigo hoy en un suspiro
Y enroscarme a ti como girasol
Me mantenga junto a ti esta primavera
Y seamos por siempre árboles neón
viernes, 24 de septiembre de 2010
Caer
Qué sublime es ver los contornos desvanecerse
Luego de dejarse caer desde la cuerda floja
Reventar como una gota contra la baldosa fría
Evaporarse.
El suicidio es un acto heroico
Luego de dejarse caer desde la cuerda floja
Reventar como una gota contra la baldosa fría
Evaporarse.
El suicidio es un acto heroico
lunes, 12 de julio de 2010
Dios es un bully cósmico

Es bacán Dios. Siempre se anda burlando de uno, es súper irónico y vivaz. Se podría decir, en un siutíquisimo anglicanismo, que es una especie de bully cósmico.
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